Este magazine está dedicado a los emprendedores de la vida. Pero qué significa la palabra emprendedor. Según el DRAE: un emprendedor es quien emprende con resolución acciones o empresas innovadoras. Y vaya si en la vida, si en el tránsito cotidiano por este planeta ponemos en acción el espíritu emprendedor para enfrentar nuevos retos, proyectos y alcanzar mayores logros.

Para enfrentar la vida diariamente debemos tener iniciativa, ser innovadores, creativos, asumimos actitudes de liderazgo en nuestro entorno, manejamos nuestras finanzas y trabajos, enfrentamos retos, solucionamos problemas, negociamos, tratamos de generar empatía, hacemos networking permanentemente, tomamos decisiones, asumimos riesgos, vivimos las consecuencias de nuestras acciones y muchas veces, pero muchas veces somos resilientes, sin darnos cuenta. Intentamos entender y manejar nuestras emociones. Todo esto dentro de nuestra esfera afectiva, social y económica. Y no está demás dejar salir la pasión en el día a día.

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LOS CINCO MINUTOS DEL CREPÚSCULO un cuento de Gustavo Di Pace

LOS CINCO MINUTOS DEL CREPÚSCULO

De El chico del ataúd, Alción Editora, Córdoba, 2014
                                                                             
       Inspirado en The twilight zone


Camus dijo que un suicidio es preparado en el silencio del corazón del mismo modo que una obra de arte. Como no tengo el coraje para lo primero, imaginé que podría intentar lo segundo, así que me puse a buscar en mi reservorio de palabras e imágenes una historia que escribir. Voy al reservorio, primero. Y a la historia, después.
Albertito: le reza a San La Muerte y se regala ositos a pila a los treinta y cinco, se besa en la boca con la madre, tartamudea un poco, parece el hijo de su propio hijo, y se emociona hasta cuando le dan el vuelto en el supermercado chino. (En los cinco minutos del crepúsculo, se reconciliará con un amigo muerto.)
Lucía: abogada de fuste y melómana, es una de las pocas personas justas que conozco, pero el glaucoma llegó a su vida y se la complicó hasta dejarla ciega a los cincuenta y cuatro. (En los cinco minutos del crepúsculo, ella comprenderá que el enojo no es la mejor elección, y se reconciliará con su suerte.)
Petrova: hija de polaca y ruso, de diez palabras que pronuncia, nueve son muerte, sangre, drama, infierno, terror, locura, tragedia, pena y dolor, se comporta como la mamá de su mamá, tiene once gatos y se chupa los dedos cuando cocina y come. (En los cinco minutos del crepúsculo, ella será un poquito más feliz y dejará de chuparse los dedos y de hacer los ruidos inmundos que hace, porque este es mi texto y quiero mejorar la realidad.)
Es verdad que Albertito, Lucía y Petrova jamás se conocieron ni tienen mucho en común. Ninguno escuchó a Jason Becker, ninguno sabe que ciento cincuenta leucocitos no es una gran diferencia respecto del mínimo de referencia. Su único lugar de encuentro es aquí y no hay imaginación que los honre. Voy entonces a lo que ellos vivirán durante los cinco minutos del crepúsculo de aquel 11 de diciembre de 1994.
Por aquellos tiempos, se decía que en primavera, en el barrio de Olivos, un hombre se ponía un traje, un moñito sobre una camisa blanca gastada y, con un palillo de baterista a modo de batuta, se dirigía hasta la plaza principal para dirigir una orquesta imaginaria. Lo hacía en horas de la tarde, y parece que el hijo no toleraba la situación. Este hijo era bombero, y parece también que no se llevaba bien con ese padre, incluso antes del traje, el moñito, la camisa blanca gastada y el palillo de baterista a modo de batuta.
Un día le relaté esta historia a Albertito. Fue cuando lo visité para apoyarlo frente a la inminente muerte del amigo. Porque aquel que agonizaba con los pulmones negros, la nariz suplicante debajo de la máscara de oxígeno, las manos hinchadas de tanto corticoide, sentía que le había fallado. El asunto entre ellos era menor. O no. “Vení, firmame estos papeles”, le había pedido su amigo por teléfono. Albertito preguntó qué decían los papeles. El otro le dijo que necesitaba un testigo para una funeraria, que no importaba qué decían. Albertito dijo que sí, pero que deseaba leerlos antes de firmar, y en ese mismo instante, el otro cortó la comunicación. Y la amistad. Después de estas confesiones vi el altar con un San La Muerte en un extremo de la habitación. Albertito justificó su presencia diciendo que le rezaba porque “di… di… dicen que San… La La Muerte te te cumple”. Después me preguntó por el nombre del señor de la batuta. Le dije que dentro de esta leyenda era insignificante el nombre porque el apodo que el barrio le había puesto era más que contundente: Beethoven. Le detallé cómo aquel hombre, Beethoven, entre palomas, abuelos que las alimentaban y chicos que las corrían, dirigía esa orquesta imaginaria en una plaza de Olivos. Beethoven, sus ojos concentrados, los brazos moviéndose en nerviosas palpitaciones de música invisible, hacía lo suyo. Y Albertito sonrió cuando le conté, me acuerdo, sí, con los dientes amarillos y en medio del dolor, pudo sonreír.
Más tarde, le conté a Lucía sobre los conciertos de Beethoven, que tenían la duración de su humor, porque, a veces, dirigía la orquesta imaginaria hasta el anochecer, y otras, apenas veinte minutos. En un café le conté, con un dejo de complicidad conmigo mismo por incluirla en esta historia sin avisarle. Antes me había disculpado por mi tardanza. “No me gusta esperar en medio de esta oscuridad, con estas voces extrañas alrededor”, me había reprochado. Yo no supe qué decir, entonces cerré los ojos unos segundos para acercarme a la sensación de estar ciego, pero no lo soporté. Para que se calmase y riese leí algunas frases de los sobrecitos de azúcar que había en la mesa. Luego, ella arriesgó la idea de que la ceguera tenía una parte buena, la de que la música siga siendo música, se alfombre sobre el alma del hombre, y se aprecie con mayor intensidad. Estuve de acuerdo y opiné que la intensidad es una gran palabra: “la intensidad es como un Bismillah cantado por Freddy Mercury, Lucía, o como leer sobre el zumbayllu con el que jugaban los pibes de aquel libro de Arguedas, Lucía, o como ver la cantidad de personajes que habitan una pintura de Brueghel, Lucía”. “Yo no los puedo ver”, me dijo enojada, y me dejó mudo. Esto era lo que más me molestaba: los que la queríamos siempre terminábamos pagando los platos rotos. Ante declaraciones como estas uno hasta se sentía culpable de abrir la boca o de poder ver. Traté de relajarme, di un sorbo de café, y continué con la historia de ese padre director de orquesta y ese hijo bombero, que sabría de la intensidad y sus variaciones al combatir la llama o salvar a la víctima. Sin embargo, no deseaba arreglarse con el padre. “Se sabe, todo vínculo es un misterio”, agregué. No sé cuántas primaveras musicales pasaron. Cuantos movimientos. Cuántas flautas y oboes; violines y violonchelos; fagots, campanas y xilofones. No obstante la gente lo persuadía para que fuera a los conciertos del padre, el bombero no daba el brazo a torcer. “No me gustan los locos”, afirmaba. “Con un padre como este, con gusto me suicidaría”, afirmaba. “Sería imprudente ahondar en una relación que, en definitiva, y como todas, tiene sus bemoles”, dijo Lucía (metáfora justísima).
Bien lo sabe Petrova, el tercer personaje de este cuento, que sufrió el abandono del padre ruso y se ponía tensa si se abrazaba. Nunca la vi besarse con el marido en treinta años. Sólo la vi llorar ante la muerte de su madrina, cuando la unidad de traslado se la llevaba. En un rapto de ira puede decir las peores barbaridades; al otro día, conmover con el más cálido cariño. Así es Petrova. No había podido tener hijos, ni de sangre ni adoptados, pero dio su amor de madre a los gatos. A veces cinco, a veces hasta once, como en el momento en que le conté esta historia de Beethoven (ella separaba una feta de jamón, se chupaba los dedos y me la ofrecía). Me gustaría escuchar a Beethoven, me dijo. “¿Al histórico o al de mi historia?”, le pregunté. Ella se comió otra feta de jamón, se chupó los dedos y me respondió que al de mi historia. Lo hizo mirándome con su cara de actriz de los sesenta, y siguió comiendo. Rechacé la otra feta de jamón que me ofreció con los dedos babeados, y me propuse cumplirle el deseo, mientras recordábamos a la madrina, y esa noche tan especial, allá tan lejos, la única que la vi feliz feliz.
¿Pero cómo sigue la historia de Beethoven y el hijo bombero?
Sigue con ese hijo viendo en el cuartel la película Atrapado sin salida, y justo cuando da un mordisco a un cañoncito de dulce de leche, los protagonistas gritan ante la pantalla de un televisor apagado el tanto de un partido imaginario. “Qué grande Jack Nicholson”, dice él, con la boca llena. “Qué grande tu viejo”, dice un compañero que verifica los focos delanteros de uno de los camiones. El hijo bombero no dice nada; se recuerda viendo la misma película cuando era chico, con su viejo. Cuando todavía hablaban, cuando la tragedia aún no había llegado. Luego, piensa en sus mejores incendios, los únicos, los inolvidables. Y esa noche, más que ideas de suicidio, le viene una pregunta mullida, caliente: “¿Qué pasó conmigo? Yo soy el que pinta la noche de negro”, se responde en voz alta, haciéndose el poeta maldito, en medio de la pieza que se contrae, que lo ahoga, húmeda como es, sucia como es. “Yo soy el que pinta la noche”, repite frente al espejo, en toda su soledad.
“Pobre noche”, me digo, “si su mística se relaciona con la tristeza, lo truculento y lo terrible, con el nacimiento de un séptimo hijo de un séptimo hijo, acaso. Ni que la hubiese inventado Petrova, a la noche, a la superstición, que la adjetiva con palabras como calamitosa, insufrible, dolorosa, atroz y terrorífica, entre las cinco que faltan para llegar a diez.” Yo quiero que en este cuento se escriban los antónimos de la tristeza, lo truculento, lo terrible; que el bombero de esta historia vaya al concierto del padre, que trascienda la leyenda. Y que al tomar la decisión, en medio de esa otra noche posible, con las ideas de suicidio cediendo ante la posibilidad de escuchar la música paterna, se duerma como un angelito.
Por supuesto, mi plan siguió en curso cuando Albertito me llamó para contarme que el amigo había muerto. Me acuerdo de su voz rompiéndose, las frases ahorcadas, sin aire. Y antes de cortar me dijo que le había escrito una poesía. Me lo dijo lastimado, con la contundencia del rencor. Que sólo les había escrito poesías a su mujer y a su hijo, me dijo. Le aseguré que aquel homenaje no merecía la ira, que a los amigos hay que aceptarlos como son, y Lucía lo escuchó como pocos pueden hacerlo cuando le leí después aquel poema, y aseveró que todo reencuentro es intenso, y otra vez hablamos de la intensidad, que es la gran palabra.
Al fin, ese día de primavera que preanunciaba el verano, luego de una pequeña siesta (un hábito que la ciudad no había logrado quitarle), el bombero vistió su camisa menos gastada y se dirigió rumbo a la plaza de Olivos. “Espero que la sirena no suene, por lo menos hoy”, dijo antes de salir. Y los amigos y yo, contentos de haberlo alentado, ellos desde el cuartel y yo desde estas palabras.
Cuando el bombero llegó la plaza estaba desierta. O lo parecía, porque los canteros, las plantas y los árboles asistían con un silencio premonitorio al reencuentro. Un perro pasó a su lado. Dos gorriones cruzaron el camino y levantaron vuelo. De repente, el bombero vio a unos metros a un hombre de espaldas, con traje, parado sobre el borde de una fuente. Lo enmarcaba un ombú. Beethoven, como un árbol más, con los brazos como ramas danzantes hacia el cielo, dirigía con la batuta su orquesta. Algunas personas pasaban, pero no le prestaban atención, quizás acostumbradas al espectáculo particularísimo. El hijo recordó cuando el padre ponía discos de música clásica y él se quedaba dormido en su regazo, en el sillón de cuero blanco. Recordó también cuando juntos armaban el árbol de Navidad cada 8 de diciembre; lo preocupado que estaba cuando él, ya adolescente, se llevaba materias a diciembre o a marzo. Recuerdos que eran anteriores a la muerte de la esposa, su madre. En ese momento había empezado la lenta agonía secreta, la oscuridad del afuera que lo cercaba, el refugio en sí mismo hasta el borde de... Enseguida, le pareció escuchar el rumor de una música. Siguió acercándose. El sol se ponía. Una tuba resonó. El bombero miró hacia los lados. No había nadie. Ahora un arpa. Ahora un triángulo. Algunos transeúntes comenzaron a detenerse. Se acordó de sus mejores incendios, los únicos, los inolvidables, y una voz que era suya, pero que había olvidado, dijo: “Vengan a ver a este director”. Una pareja de mediana edad se acercó curiosa. Vibró en la plaza el staccato de un violín, y como saltos de palomas, la hondura de un contrabajo. A continuación, se les unió un par de mujeres que cuchicheaban. “Ese es mi viejo, el director de orquesta, el mejor”, les dijo el bombero. El crepúsculo había llegado. Los cinco minutos del crepúsculo donde todo era posible. Ya eran varias las personas que rodeaban al padre, entre ellas, Albertito, con uno de sus osos de juguete, y Lucía, como extasiada, del brazo de Petrova, que le contaba sobre sus gatos. Allí estaban, iluminados con la más bella luz, la que desnuda la verdad última de la gente y de las cosas. Pronto el bombero se unió al grupo. Y aunque la batuta siguió su dirección, los ojos del padre lo vieron, y lo que estaba detrás de ellos vaciló. El bombero sonrió y el padre volvió a cerrar los ojos, esta vez, espejándose, con una sonrisa en la cara. El concierto continuó, con una batuta que iba tomando vuelo, como el de los gorriones, soltándose en música divina. Era como asistir a un show de malabaristas que lanzan antorchas al cielo, las caras como hipnotizadas, los fuegos que parecen llegar hasta el cénit para caer luego hasta el nadir de cada uno de nosotros.
El bombero concluyó que, mientras la mano derecha del padre señalaba el tempo y el compás, Beethoven no había tenido mala intención; como el amigo de Albertito, que buscó una amistad incondicional, o yo, cuando llegué tarde al encuentro con Lucía y se enojó, o Petrova cuando dice esos disparates. Al fin el bombero se reencontró con su padre, con el que había sido y con el que era ahora, que, al mover la mano izquierda, indicaba los matices de la interpretación, mientras la amplitud de los movimientos de los brazos se correspondía con la energía de la ejecución, plasmando —y esto lo sintió hasta el tuétano—, la alegría inmensa de que él estuviese presente en ese concierto.
Como dije, fue en los cinco minutos del crepúsculo que sucedió todo esto.
Y bajo las notas de esa música maravillosa, estaban Albertito, emocionado hasta las lágrimas porque en su interior perdonaba al amigo muerto; Lucía, emocionada hasta las lágrimas porque se reconciliaba con su suerte y todavía quedaba la música, y Petrova, emocionada hasta las lágrimas porque por primera vez en muchos años, se sentía feliz feliz, y de las diez palabras que dijo aquella tarde, cinco fueron bravo, otra y gracias gracias gracias.


Escrito durante los cinco minutos del crepúsculo en varias tardes
del mes de mayo de 2013.

                                                                                                                    © Gustavo Di Pace
                                                                                                                   gdipace@gmail.com

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